Historia de un sueño valseado

Archive for the ‘Fauna y Flora’ Category


QUINTA SEMANA

Mar 8, 2010 Author: Eugenia | Filed under: Fauna y Flora, Usos y costumbres

Estimadas, estimados

Hoy es 8 de marzo, felicidades a todas las mujeres que trabajan, las que se parten las manos en la cocina, en el campo, las que hacen malabarismos para alimentar a los hijos, las que han sido, son y serán el motor de la civilización humana.

 Hoy Patricio empezó el colegio, iba muy guapo con su uniforme, y muy contento.

La quinta semana en Chile ha estado impregnada de una sensación espesa y profunda, de la huella que el seísmo ha dejado impresa en todo el país. Pasados los primeros días de caos y miedo he asistido a ese sentimiento que caracteriza a los chilenos, a ese no rendirse nunca, a ese Viva Chile Mierda! que tantas veces escuché. He visto cómo en poco más de 24 horas se recaudaban cuarenta millones de euros que provienen de los chilenos para los chilenos (independientemente de las ayudas del Estado) en la Teletón “Chile ayuda a Chile” (algún día hablaremos de las Teletones, son una tradición de muchos años). He visto a la presidenta emocionarse y llorar de pena y de alegría.  He visto cómo poco a poco la gente deja de lamentarse y se pone manos a la obra para levantar el país.

Por lo demás, la vida continúa. He pintado gran parte de la fachada exterior de la ampliación de la casa, y también el tejado (no apto para cardiacos ni perdonas con vértigo…como yo, arg). También hemos cosechado la mitad de las papas y las primeras zanahorias y zapallos italianos (calabacines). Me perdí por un camino y tuve que hacer malabarismos con el jeep para dar la vuelta, casi me caigo en una zanja pero salí (zanja y la concha de tu madre!!!!). He cocinado varios bizcochos celestiales y me he perfeccionado en la técnica de la elaboración de pan (ya se parece al pan español, yujuuu!!!!). También  guisé la lengua de la vaca Blanca (no sé si os conté que la sacrificamos) con la receta ancestral de mi mami, y el resultado me sorprendió hasta a mí. Me acordé mucho de una perrita que teníamos cuando yo era pequeña (se llamaba Laika) que se moría por la piel de la lengua de vaca cuando mi madre la pelaba en la cocina.

Hemos bajado dos veces al río Butalcura, a la zona donde se forman pequeñas playas de arena volcánica en los meandros. Encontré mejillones de río y un cangrejo muy raro, pero aún no tengo descargadas las fotos para que las veáis.

Aparte de esto, mis dificultades con el idioma continúan…El otro día en el supermercado, le pregunté a Rodrigo si tenía algo suelto, y las cinco cajeras, de la primera a la última, se descojonaron. El compa puso cara de circunstancias y al salir me explicó que en Chile se dice “tener sencillo” y que lo de tener algo suelto es…bueno, digamos que es bastante jocoso (no quiero herir sensibilidades). Otro día, el chiquillo de la caja me preguntó si queria donar 5 pesos a los bomberos de Chile. Yo le entendí que me preguntaba si tenía algo suelto (sencillo) y primero le dije: “no lo sé”. Unos segundos después de buscar en mi pantalón, le dije “no”. Y el chaval me miraba como si se hubiera detenido una nave extraterrestre allí mismo y yo hubiera descendido de ella. Finalmente tuvo que intervenir el compa para aclarar la situación. Y en una tiendita de barrio a la que entré sola, a comprar limones, la paisana en vez de decirme “son 260 pesos” me preguntó ¿tiene 260? y yo le dije “no, tengo 500″. Ella me dijo: “¿entonces, quiere más limones?”  Y yo le jijke: “no”. De nuevo, la mirada a la extranjera-extraterrestre.

En fin, me iré acostumbrando a las sutilezas idiomáticas de a poco, como dicen acá.

Para despedirme os dejo el link al último post del Viajero Austral

http://elviajeroaustral.wordpress.com/2010/03/06/homenaje-a-chile/#comments

Besos para tod@s

 

CUARTA SEMANA

Mar 5, 2010 Author: Eugenia | Filed under: Fauna y Flora, Geografía, La Vida..., Usos y costumbres

LA SELVA

El martes pasado (23 de febrero) salimos de exploración por nuestro pedacito de selva templada. Para los que ya olvidaron las lejanas lecciones de ecología, es el equivalente ecológico de una selva tropical, con su humedad ambiente, sus árboles altísimos y su espesura impenetrable en la parte baja, pero en una zona climáticamente más fría (bastante más fría, diría yo). Machete en mano, atravesamos un quilar, que es una maraña de cientos de metros de extensión de una planta parecida al bambú que se llama quila, y que corta la piel si te roza o te agarras de sus ramas. Sirve como liana y es muy útil como asidero para deslizarse por las zonas de pendiente muy elevada (esas que hay que bajar directamente sentado o haciendo una variante del culo-esquí que es el culo-barro), pero hay que agarrarla por el tallo, entre los espacios que dejan las hojas. Al llegar a la parte baja de la espesura, remontamos el río salmones (es un afluente del Butalcura que atraviesa nuestro “territorio”; en esta época del año sólo cubre hasta el tobillo, pero aún así la corriente es fuerte y el agua está helada) hasta una zona donde la selva se cerraba tanto que ya no pudimos continuar, ni siquiera con el machete (y porque además íbamos con tres menores de 6 años; mamá, olvida que has leído esto) y donde las paredes estaban cubiertas de un musgo que “lagrimea” con la humedad (literalmente, parece que las paredes lloran). Es realmente impresionante adentrarse en la floresta; a esta pobre mortal, las plantas de nalca le retrotraen a una época remota. Esas hojas de dos metros de diámetro y esos tallos gruesos como brazos espinosos me infunden un respeto difícil de explicar, como si uno allí fuera el intruso, el extranjero, el recién llegado. Como si uno estuviera poniendo el pie en un lugar donde hace siglos no pisa nadie…y en realidad así es. Las plantas parásitas y trepadoras se encaraman a los troncos de los coigües y parecen vigilarnos desde diez, veinte y hasta cincuenta metros de altura. En la espesura crecen plantas y flores que desconozco, de colores rosas y naranjas tan vivos que brillan como pequeñas luces en la penumbra; en la espesura pululan insectos extraños que observo por primera vez en mi vida y cantan pájaros que nunca antes había escuchado.

Y ahí estaba la bióloga flipando con tanta maravilla, cuando de repente…¡cataplaf! Me caí y se me llenaron las botas de agua. Aparte de la “agradable” sensación de frío helador en los pies y de ir haciendo chof-chof todo el resto de la excursión, el compa me advirtió que vaciara las botas rápidamente, porque las sanguijuelas aprovechan cualquier ocasión para meterse dentro, pegarse a la piel de las pantorrillas y darse un banquete. Maravilloso. De todas formas, la increíble belleza y virginidad del paisaje hacen que cualquier incomodidad pase a segundo plano.

LA NOCHE DE LOS CHALILOS (PARTE I)

El miércoles (24 de febrero), a eso de las ocho y media de la noche, íbamos a entrar ya en casa para empezar a bañar a los niños y preparar la cena, como todos los días. Justo antes de entrar, vi un bichito que caminaba encima de una plancha de zinc que estaba en el suelo, delante de la casa. Me llamó la atención; parecía muy simpático, con sus largas alitas. Le dije al compa: “mira qué bichito tan mono”.

En cuanto lo vio, exclamó un “conchesumare” (el equivalente español es excesivamente soez como para hacer la traducción) y me dijo: “rápido, Eugenia, entra en la casa, cierra todas las cortinas, apaga todas las luces, agarra papel y fósforos y sal para afuera”. Como ví que la cosa iba en serio, decidí hacerle caso sin detenerme a hacer preguntas, y sencillamente hice lo que me pidió. Cuando salí, él estaba recogiendo leña para hacer una fogata enfrente de la casa. En el ratito que tardó en encenderla, ví alguno más de esos bichitos con alas largas, que llegaban volando y se posaban en el tejado de la casa o en la plancha de zinc. Cuando el fuego estuvo bien alto, le dije: “¿Y bien?”. Él me explicó que el día más caluroso del año (ciertamente, ese día había hecho mucho calor) los chalilos (Reticulitermes hesperus, un isóptero, es decir, un primo hermano de las termitas que se comen la madera) realizan su vuelo nupcial al atardecer. Vuelan por millones y se sienten atraídos hacia focos de luz y calor. Cuando se posan, pierden sus cuatro alitas y caminan por parejas (el macho detrás de la hembra) hasta que se aparean.  Hasta aquí todo bien, pero lo que suele ocurrir es que se cuelan en las casas. Da igual lo que uno haga, siempre, siempre, siempre entran…lo único que se puede hacer es intentar que entren menos. Una forma es hacer un fuego para que vuelen hacia él. En nuestro caso, las planchas de zinc que estaban fuera de la casa reflejaban la luz del atardecer y también ayudaron.

Estuvimos fuera de la casa hasta las diez y algo de la noche, cuando ya había oscurecido totalmente, y miramos la inmensa luna junto con los niños. Aquí la luna se ve más grande, y como no hay contaminación se distinguen todas las manchitas, como si fuera una postal, una foto de libro. Una pareja de queltehues cantaba, extrañados de que hubiera gente fuera de la casa a esas horas de la noche. Los paisanos dicen que los queltehues siempre avisan cuando anda alguien en el campo.

Finalmente, pese a las terribles advertencias, sólo entraron tres o cuatro bichos y los despachamos sin problemas, así que pensé que quizá el compa había exagerado un poquito con el tema de los miles y miles de chalilos que entran en las casas.

Por cierto, esa misma noche en la pared de uno de los dormitorios me encontré con el amiguete de la foto . No os asustéis (mamá, deja de llamar a la policía internacional para que nos saquen de aquí); parece un escorpión, efectivamente, pero NO lo es. Es un pseudoescorpión, un bichito del orden de los arácnidos cuyos pedipalpos (patitas sensitivas de delante) se parecen a las pinzas de sus primos. No tienen aguijón, no son peligrosos, y miden…medio centímetro, como mucho. El de la foto era más pequeño que la uña de mi meñique. Pero a que acojona a primera vista, ¿eh?

En Chiloé no hay “alimañas”. El único insecto peligroso es la araña de rincón, a la que se mantiene a raya con una meticulosa limpieza de la casa (nada de dejar que se acumule polvo detrás de los muebles, por ejemplo). Además, se asustan de las personas. El resto de bichos son apacibles, y aunque hay muchos y a veces entran a la casa (os recuerdo que vivimos en medio de un bosque), viven su vida y nosotros la nuestra, y si molestan (como los mosquitos), manotazo y punto.

LA NOCHE DE LOS CHALILOS (PARTE II)

El jueves 25 estuvimos de paseo en Dalchaue, paseando por el puerto y la playa y comiendo empanadas de marisco y de queso en una cocinería (un lugar cubierto lleno de pequeños puestos en los que las paisanas te hacen la comida allí mismo, en un momento y delante de tus narices).

Cuando volvimos a casa a eso de las nueve, vimos que los chalilos estaban empezando a llegar de nuevo. Me habían dicho que sólo vuelan una vez al año, pero en fin, ese día había hecho aún más calor que el anterior. Encendimos otra fogata, y de nuevo estuvimos charlando afuera hasta las diez de la noche, con la diferencia de que esta vez había unas diez veces más chalilos que la noche anterior. El techo de la casa estaba lleno, y las planchas de zinc dejaron de verse con la cantidad de insectos que había encima. Los veíamos lanzarse a la hoguera en picado. Cuando entramos a la casa, los muy cabroncetes tenían montada su fiestecita. Habría (no exagero) unos cinco mil bichos volando alrededor de las lámparas y pululando por todas partes. El compa y yo nos miramos como diciendo “valor y al toro”; él agarró el matamoscas y yo el aspirador…y las siguientes tres horas fueron una batalla sin cuartel. A la mañana siguiente la casa seguía siendo una bacanal de chalilos, ahora ya sin alas y correteando felices, extasiados de pasión, los machos olfateándole el trasero a las hembras. Y en el suelo de toda la casa cientos, miles de alitas transparentes. Vuelta a limpiar y a matar bichos. Y cuando escribo esto, ha pasado una semana y aún aparecen alas por ahí al pasar la aspiradora, y algún chalilo triste, deambulando deprimido y solitario.

Para que nadie se escandalice ni se asuste, los chalilos son inofensivos, no transmiten enfermedades, y lo que nos pasó a nosotros le pasa a todo el mundo, a todas las personas que viven en el campo en el centro y sur de Chile, por muy bien aisladas que estén sus casas. Sólo queda intentar que no entren demasiados, y una vez dentro, eliminar los que se puedan, y con los que queden, armarse de paciencia y aguantarlos hasta que desaparezcan por donde vinieron.

8,8

El viernes nos acostamos muy tarde, a eso de las dos y media, y nos dormimos enseguida porque habíamos trabajado mucho durante el día y estábamos muy cansados. Un rato después, noté que el compa me despertaba bruscamente, sacudiéndome de un hombro, y mientras yo abría los ojos y rezongaba, él ya había saltado de la cama, había encendido una linterna y estaba caminando hacia la habitación de Patricio. Cuando me bajé de la cama e intenté seguirlo, sin darme mucha cuenta aún de lo que pasaba, noté que no podía avanzar porque el suelo de la casa se movía como una culebra y me hacía caer contra una de las paredes. Ahí sí que me acojoné y me desperté de golpe, y entendí por qué él ya estaba en el dintel de la puerta del dormitorio de Patricio, con el niño en los brazos y pidiéndome por favor que avanzara. Salimos lo más rápido que pudimos (os aseguro que es muy difícil caminar mientras dura el temblor), de dintel en dintel, hasta llegar afuera. Justo cuando salimos, la tierra se detuvo, y llegó el silencio.

A la mañana siguiente no había vuelto la luz (y teníamos el congelador lleno con 200 Kg de carne esperando para congelarse), no nos funcionaban los móviles, no teníamos la Nissan porque la habíamos prestado la tarde anterior, y cuando intentamos coger el Suzuki, no arrancaba. No teníamos ni idea de las consecuencias del temblor en otros lugares, aunque intuíamos que tenía que haber sido gordo, y cada vez nos poníamos más nerviosos. Finalmente el coche arrancó (se había bloqueado el volante porque los niños se subieron a jugar con él el día anterior) y salimos hacia Castro. Vimos colas en las gasolineras y el compa me dijo “aquí la gente tiene mucha experiencia en sismos (seísmos), si hay cola en la bencinera es porque ha sido algo importante”. Todo Castro estaba sin luz y los comerciantes esperaban sentados fuera de los negocios sin saber muy bien qué hacer. Por supuesto, los locutorios a los que intenté ir o estaban cerrados o no funcionaban.

Más o menos a la hora de comer volvió la luz, y vimos las primeras noticias. El resto ya lo sabéis. La televisión nacional, y las otras dos o tres cadenas que tenemos, llevan una semana ininterrumpidamente dando noticias relacionadas con el terremoto, y el compa dice que será así durante algunas semanas más. Medio Chile se ha derrumbado o ha desaparecido arrastrado por el mar (de la cuarta a la novena región, yo estoy en la décima) y os aseguro que en mi vida hay un antes y un después de este día. Supongo que desde España os resulta difícil dimensionar lo que ha pasado, pero os aseguro que ha sido terrible, que lo está siendo para miles de personas y que lo seguirá siendo en los próximos meses, y, sin miedo a equivocarme, diría que en los próximos años.

En cuanto a nosotros, algún pequeño desajuste en la casa (por ejemplo, las tuberías del fregadero se doblaron y hubo que cambiarlas) y algunas tablas ligeramente separadas, pero nada grave. Eso, y la incomodidad de estar sin teléfono y sin internet, y con cortes de luz intermitentes. Como comprenderéis, nada de eso me preocupa ahora mismo, y lo único que hago es agradecer y disfrutar cada día que pasa como si fuera el último.

Qué frágiles somos.

EL CHUCAO

Feb 12, 2010 Author: Eugenia | Filed under: Fauna y Flora, Mitología

El chucao (Scelorchilus rubecula rubecula) es un paseriforme de la familia Rhinocryptidae (Paco, corrígeme si digo algo mal, porfa). Es pequeñito y redondete, con patitas gruesas. Apenas vuelan; van caminando por el suelo y te siguen cuando vas de paseo por el bosque. Bueno, en realidad te siguen a todas partes porque son muy cotillas, nosotros tenemos un chucao vecino que se pasa el día escuchando nuestras conversaciones bajo una de las ventanas de la parte de la casa que está en construcción (que aún es un agujero y por lo tanto está siempre abierta mientras trabajamos en esa habitación). De hecho, participa activamente en las charla con su “chucuchú” característico. Es marrón, con la garganta y el pechito de color rojizo y el vientre blanco y negro.

 

La gente de Chiloé, y también los de la zona central, dicen que si el chucao te canta por la derecha, es que te va a ir bien. Si te canta por la izquierda, mal presagio. También diferencian entre dos tipos básicos de canto, uno “contento” y otro “enfadado”. Yo de momento no puedo diferenciarlos, pero hasta ahora, siempre, siempre, el chucao me ha cantado por la derecha.

LA PRIMERA SEMANA

Feb 8, 2010 Author: Eugenia | Filed under: Escribiendo, Fauna y Flora, Soñando, Viajando

En mi primera semana en Chile, he visto: el monte Aconcagua desde el avión, leones marinos jugando al lado del trasbordador que nos llevó a Chiloé, el volcán Osorno desde el autobús Cruz del Sur,  gente vendiendo pan amasado ¡en el peaje de la autopista!, gente vendiendo de todo en carritos por todas partes en las calles de Santiago, obviamente sin permiso ni autorización sanitaria, un triple adelantamiento en línea contínua (según los chilotes, algo absolutamente normal aquí, de hecho los carabineros son los primeros que lo hacen),  un autobús imposible con un letrero en el que se leía “turismo-excurciones”,  patatas de un hermoso color violeta intenso, el curculiónido más grande que he visto en mi vida subiendo por la pared de mi casa (aquí los llaman caballitos), helechos gigantescos, miles de especies de musgos y líquenes,  un chucao que nos sigue en cada excursión al bosque y que cotillea en nuestra vida dando saltitos al lado de la casa, la ciudad de Castro con sus palafitos, absolutamente diferentes a cualquier postal, con sus calles en cuesta, con sus casas de colores atacadas por el tiempo y el salitre, con sus perros callejeros por todas partes. He comido: cuchuflíes, mote con huesillos, curanto de olla, pebre, empolvados con manjar, cocadas, empanada de manzana, empanada chilena y cordero al palo. He aprendido: a desparasitar a nuestras vacas, a trasplantar lechugas, a conducir un jeep y una camioneta Nissan por un camino imposible y bajo un temporal de lluvia y viento, a encender el fuego que calienta la casa durante todo el día,  a partir leña con el hacha para hacer astillas, a distinguir las primeras especies de plantas y aves del bosque templado siempre verde.

 Obviamente, me quedo corta. Pero supongo que pronto iré ordenando mis notas y le daré coherencia a todo esto.

En la foto, un trasbordador. La foto la tomé desde el que me transportaba a mí. Cuando aparecieron los leones marinos me quedé tan lela que ya no hice más fotos…

 

Mis vecinos los pingüinos

Ene 26, 2010 Author: Eugenia | Filed under: Fauna y Flora, Soñando

Aquellos que me conocéis un poco, y especialmente los que me conocéis hace más de cinco años, sin duda sabréis de mis anhelos antárticos. De cómo un día abandoné la posibilidad de dedicarme a la Taxonomía Clásica en la facultad de Biología de León porque sentí de forma imperiosa, acuciante, la llamada del Sur.

Quería irme con los pingüinos…

Después, sorpresas te da la vida, el rumbo de mis pasos volvió a cambiar. Pero la vida es una amante caprichosa que da y quita cuando le da la gana…y hete aquí que dentro de cuatro días llegaré a mi nuevo hogar… Que está más o menos a una hora de distancia de una pingüinera.

Últimamente no pienso mucho en la casualidad y la causalidad, la suerte o lo que uno merece o no. Simplemente tengo que rendirme ante el hecho de que la vida me ha regalado la posibilidad de cumplir mis sueños. Quizá en otras formas, quizá no en el tiempo o espacio planeados hace años,  pero mis sueños al fin y al cabo.

La pingüinera Puñihuil (otro nombrecito) está en la costa de Ancud, en el noroeste de la isla. Podéis ver su situación en el mapa del post anterior.  En esta colonia conviven el pingüino de Magallanes (Spheniscus magellanicus) y el de Humboldt (S. humboldti).

 

 

 

El Archipélago de Chiloé (I)

Ene 23, 2010 Author: Eugenia | Filed under: Fauna y Flora, Geografía, Viajando

Se localiza en el sur de Chile (en la X Región),  entre los paralelos 41º y 43º de latitud sur. Está formado por la isla Grande de Chiloé y unas cuarenta islas e islotes más pequeños.  El archipiélago completo tiene una superficie de unos 9.000  km² y una población de aproximadamente 150.000 personas; para que os hagáis una idea, una población semejante a la de la ciudad de León en una superficie comparable a la de la Comunidad de Madrid.

El nombre de Chiloé (Chilhué) es la adaptación al castellano de chillwe, que en mapudungun significa “lugar de chelles” (“tierra de gaviotas”).  Los chelles, cáhuiles o gaviotines (Larus maculipennis) son muy frecuentes en las playas y las lagunas del archipiélago.

Los conquistadores quisieron llamarla Nueva Galicia, pero afortunadamente no lo consiguieron.

 


En España son las…


En Chile son las…


 

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