Historia de un sueño valseado

Una plantita que me regalaron, en mi escritorio. la riego los lunes, como hacía María en el Departamento

La casita del títere, con camión estacionado en la puerta incluído (por favor no se fijen en los mocos del constructor)

Vista del "camino" que tuve que recorrer para llegar a mi barca...todo lo que véis son personas y bultos encima de unas siete lanchas.

Este peñón habitualmente está llenos de lobos, pero a la hora que pasamos sólo había uno (¿lo véis?)

La silla de montar es un cuero de oveja sin curtir (sólo estirado y secado al aire) como el que se estaban comiendo Jochimín y Stalin

Desembarcando niños, bultos, y tratando de que el capitán te haga caso para pagarle los pasajes (ojo a la caja de la pequera "frutos de Dios")











LA SELVA
El martes pasado (23 de febrero) salimos de exploración por nuestro pedacito de selva templada. Para los que ya olvidaron las lejanas lecciones de ecología, es el equivalente ecológico de una selva tropical, con su humedad ambiente, sus árboles altísimos y su espesura impenetrable en la parte baja, pero en una zona climáticamente más fría (bastante más fría, diría yo). Machete en mano, atravesamos un quilar, que es una maraña de cientos de metros de extensión de una planta parecida al bambú que se llama quila, y que corta la piel si te roza o te agarras de sus ramas. Sirve como liana y es muy útil como asidero para deslizarse por las zonas de pendiente muy elevada (esas que hay que bajar directamente sentado o haciendo una variante del culo-esquí que es el culo-barro), pero hay que agarrarla por el tallo, entre los espacios que dejan las hojas. Al llegar a la parte baja de la espesura, remontamos el río salmones (es un afluente del Butalcura que atraviesa nuestro “territorio”; en esta época del año sólo cubre hasta el tobillo, pero aún así la corriente es fuerte y el agua está helada) hasta una zona donde la selva se cerraba tanto que ya no pudimos continuar, ni siquiera con el machete (y porque además íbamos con tres menores de 6 años; mamá, olvida que has leído esto) y donde las paredes estaban cubiertas de un musgo que “lagrimea” con la humedad (literalmente, parece que las paredes lloran). Es realmente impresionante adentrarse en la floresta; a esta pobre mortal, las plantas de nalca le retrotraen a una época remota. Esas hojas de dos metros de diámetro y esos tallos gruesos como brazos espinosos me infunden un respeto difícil de explicar, como si uno allí fuera el intruso, el extranjero, el recién llegado. Como si uno estuviera poniendo el pie en un lugar donde hace siglos no pisa nadie…y en realidad así es. Las plantas parásitas y trepadoras se encaraman a los troncos de los coigües y parecen vigilarnos desde diez, veinte y hasta cincuenta metros de altura. En la espesura crecen plantas y flores que desconozco, de colores rosas y naranjas tan vivos que brillan como pequeñas luces en la penumbra; en la espesura pululan insectos extraños que observo por primera vez en mi vida y cantan pájaros que nunca antes había escuchado.
Y ahí estaba la bióloga flipando con tanta maravilla, cuando de repente…¡cataplaf! Me caí y se me llenaron las botas de agua. Aparte de la “agradable” sensación de frío helador en los pies y de ir haciendo chof-chof todo el resto de la excursión, el compa me advirtió que vaciara las botas rápidamente, porque las sanguijuelas aprovechan cualquier ocasión para meterse dentro, pegarse a la piel de las pantorrillas y darse un banquete. Maravilloso. De todas formas, la increíble belleza y virginidad del paisaje hacen que cualquier incomodidad pase a segundo plano.
LA NOCHE DE LOS CHALILOS (PARTE I)
El miércoles (24 de febrero), a eso de las ocho y media de la noche, íbamos a entrar ya en casa para empezar a bañar a los niños y preparar la cena, como todos los días. Justo antes de entrar, vi un bichito que caminaba encima de una plancha de zinc que estaba en el suelo, delante de la casa. Me llamó la atención; parecía muy simpático, con sus largas alitas. Le dije al compa: “mira qué bichito tan mono”.
En cuanto lo vio, exclamó un “conchesumare” (el equivalente español es excesivamente soez como para hacer la traducción) y me dijo: “rápido, Eugenia, entra en la casa, cierra todas las cortinas, apaga todas las luces, agarra papel y fósforos y sal para afuera”. Como ví que la cosa iba en serio, decidí hacerle caso sin detenerme a hacer preguntas, y sencillamente hice lo que me pidió. Cuando salí, él estaba recogiendo leña para hacer una fogata enfrente de la casa. En el ratito que tardó en encenderla, ví alguno más de esos bichitos con alas largas, que llegaban volando y se posaban en el tejado de la casa o en la plancha de zinc. Cuando el fuego estuvo bien alto, le dije: “¿Y bien?”. Él me explicó que el día más caluroso del año (ciertamente, ese día había hecho mucho calor) los chalilos (Reticulitermes hesperus, un isóptero, es decir, un primo hermano de las termitas que se comen la madera) realizan su vuelo nupcial al atardecer. Vuelan por millones y se sienten atraídos hacia focos de luz y calor. Cuando se posan, pierden sus cuatro alitas y caminan por parejas (el macho detrás de la hembra) hasta que se aparean. Hasta aquí todo bien, pero lo que suele ocurrir es que se cuelan en las casas. Da igual lo que uno haga, siempre, siempre, siempre entran…lo único que se puede hacer es intentar que entren menos. Una forma es hacer un fuego para que vuelen hacia él. En nuestro caso, las planchas de zinc que estaban fuera de la casa reflejaban la luz del atardecer y también ayudaron.
Estuvimos fuera de la casa hasta las diez y algo de la noche, cuando ya había oscurecido totalmente, y miramos la inmensa luna junto con los niños. Aquí la luna se ve más grande, y como no hay contaminación se distinguen todas las manchitas, como si fuera una postal, una foto de libro. Una pareja de queltehues cantaba, extrañados de que hubiera gente fuera de la casa a esas horas de la noche. Los paisanos dicen que los queltehues siempre avisan cuando anda alguien en el campo.
Finalmente, pese a las terribles advertencias, sólo entraron tres o cuatro bichos y los despachamos sin problemas, así que pensé que quizá el compa había exagerado un poquito con el tema de los miles y miles de chalilos que entran en las casas.
Por cierto, esa misma noche en la pared de uno de los dormitorios me encontré con el amiguete de la foto . No os asustéis (mamá, deja de llamar a la policía internacional para que nos saquen de aquí); parece un escorpión, efectivamente, pero NO lo es. Es un pseudoescorpión, un bichito del orden de los arácnidos cuyos pedipalpos (patitas sensitivas de delante) se parecen a las pinzas de sus primos. No tienen aguijón, no son peligrosos, y miden…medio centímetro, como mucho. El de la foto era más pequeño que la uña de mi meñique. Pero a que acojona a primera vista, ¿eh?
En Chiloé no hay “alimañas”. El único insecto peligroso es la araña de rincón, a la que se mantiene a raya con una meticulosa limpieza de la casa (nada de dejar que se acumule polvo detrás de los muebles, por ejemplo). Además, se asustan de las personas. El resto de bichos son apacibles, y aunque hay muchos y a veces entran a la casa (os recuerdo que vivimos en medio de un bosque), viven su vida y nosotros la nuestra, y si molestan (como los mosquitos), manotazo y punto.
LA NOCHE DE LOS CHALILOS (PARTE II)
El jueves 25 estuvimos de paseo en Dalchaue, paseando por el puerto y la playa y comiendo empanadas de marisco y de queso en una cocinería (un lugar cubierto lleno de pequeños puestos en los que las paisanas te hacen la comida allí mismo, en un momento y delante de tus narices).
Cuando volvimos a casa a eso de las nueve, vimos que los chalilos estaban empezando a llegar de nuevo. Me habían dicho que sólo vuelan una vez al año, pero en fin, ese día había hecho aún más calor que el anterior. Encendimos otra fogata, y de nuevo estuvimos charlando afuera hasta las diez de la noche, con la diferencia de que esta vez había unas diez veces más chalilos que la noche anterior. El techo de la casa estaba lleno, y las planchas de zinc dejaron de verse con la cantidad de insectos que había encima. Los veíamos lanzarse a la hoguera en picado. Cuando entramos a la casa, los muy cabroncetes tenían montada su fiestecita. Habría (no exagero) unos cinco mil bichos volando alrededor de las lámparas y pululando por todas partes. El compa y yo nos miramos como diciendo “valor y al toro”; él agarró el matamoscas y yo el aspirador…y las siguientes tres horas fueron una batalla sin cuartel. A la mañana siguiente la casa seguía siendo una bacanal de chalilos, ahora ya sin alas y correteando felices, extasiados de pasión, los machos olfateándole el trasero a las hembras. Y en el suelo de toda la casa cientos, miles de alitas transparentes. Vuelta a limpiar y a matar bichos. Y cuando escribo esto, ha pasado una semana y aún aparecen alas por ahí al pasar la aspiradora, y algún chalilo triste, deambulando deprimido y solitario.
Para que nadie se escandalice ni se asuste, los chalilos son inofensivos, no transmiten enfermedades, y lo que nos pasó a nosotros le pasa a todo el mundo, a todas las personas que viven en el campo en el centro y sur de Chile, por muy bien aisladas que estén sus casas. Sólo queda intentar que no entren demasiados, y una vez dentro, eliminar los que se puedan, y con los que queden, armarse de paciencia y aguantarlos hasta que desaparezcan por donde vinieron.
8,8
El viernes nos acostamos muy tarde, a eso de las dos y media, y nos dormimos enseguida porque habíamos trabajado mucho durante el día y estábamos muy cansados. Un rato después, noté que el compa me despertaba bruscamente, sacudiéndome de un hombro, y mientras yo abría los ojos y rezongaba, él ya había saltado de la cama, había encendido una linterna y estaba caminando hacia la habitación de Patricio. Cuando me bajé de la cama e intenté seguirlo, sin darme mucha cuenta aún de lo que pasaba, noté que no podía avanzar porque el suelo de la casa se movía como una culebra y me hacía caer contra una de las paredes. Ahí sí que me acojoné y me desperté de golpe, y entendí por qué él ya estaba en el dintel de la puerta del dormitorio de Patricio, con el niño en los brazos y pidiéndome por favor que avanzara. Salimos lo más rápido que pudimos (os aseguro que es muy difícil caminar mientras dura el temblor), de dintel en dintel, hasta llegar afuera. Justo cuando salimos, la tierra se detuvo, y llegó el silencio.
A la mañana siguiente no había vuelto la luz (y teníamos el congelador lleno con 200 Kg de carne esperando para congelarse), no nos funcionaban los móviles, no teníamos la Nissan porque la habíamos prestado la tarde anterior, y cuando intentamos coger el Suzuki, no arrancaba. No teníamos ni idea de las consecuencias del temblor en otros lugares, aunque intuíamos que tenía que haber sido gordo, y cada vez nos poníamos más nerviosos. Finalmente el coche arrancó (se había bloqueado el volante porque los niños se subieron a jugar con él el día anterior) y salimos hacia Castro. Vimos colas en las gasolineras y el compa me dijo “aquí la gente tiene mucha experiencia en sismos (seísmos), si hay cola en la bencinera es porque ha sido algo importante”. Todo Castro estaba sin luz y los comerciantes esperaban sentados fuera de los negocios sin saber muy bien qué hacer. Por supuesto, los locutorios a los que intenté ir o estaban cerrados o no funcionaban.
Más o menos a la hora de comer volvió la luz, y vimos las primeras noticias. El resto ya lo sabéis. La televisión nacional, y las otras dos o tres cadenas que tenemos, llevan una semana ininterrumpidamente dando noticias relacionadas con el terremoto, y el compa dice que será así durante algunas semanas más. Medio Chile se ha derrumbado o ha desaparecido arrastrado por el mar (de la cuarta a la novena región, yo estoy en la décima) y os aseguro que en mi vida hay un antes y un después de este día. Supongo que desde España os resulta difícil dimensionar lo que ha pasado, pero os aseguro que ha sido terrible, que lo está siendo para miles de personas y que lo seguirá siendo en los próximos meses, y, sin miedo a equivocarme, diría que en los próximos años.
En cuanto a nosotros, algún pequeño desajuste en la casa (por ejemplo, las tuberías del fregadero se doblaron y hubo que cambiarlas) y algunas tablas ligeramente separadas, pero nada grave. Eso, y la incomodidad de estar sin teléfono y sin internet, y con cortes de luz intermitentes. Como comprenderéis, nada de eso me preocupa ahora mismo, y lo único que hago es agradecer y disfrutar cada día que pasa como si fuera el último.
Qué frágiles somos.
La Isla Grande de Chiloé tiene una longitud de 180 kilómetros de norte a sur y un ancho promedio de 50 kilómetros. Está atravesada de norte a sur por la Cordillera de la Costa.
Se accede a la isla mediante un transbordador que cruza el Canal de Chacao. Tarda unos 25 minutos en llegar.
A la llegada de los españoles, la isla estaba poblada por los grupos humanos chonos, huilliches y cuncos. Los chonos eran cazadores y recolectores nómadas que se desplazaban en embarcaciones llamadas dalcas, mientras los otros dos pueblos se dedicaban al cultivo de patatas, maíz y judías, y a la ganadería de llamas y vicuñas. La conquista comenzó en el año 1567, fecha en la cual se fundó la ciudad de Castro. Chiloé fue el último reducto español en Sudamérica, y pasó a formar parte de Chile en 1826.
Las ciudades más grandes e importantes de la isla son Ancud, Castro, Chonchi, Dalcahue, Queilén, Quellón y Quemchi. Nombres sonoros, pintorescos quizá a nuestros oídos…yo me voy acostumbrando poco a poco, pero tanta ch, tanta q, tantos “hue” y “hui” aún me provocan cierta hilaridad. Muchos nombres en Chiloé provienen directamente del Huilliche y resulta curioso (y hermoso) ver cómo los han conservado.
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