Historia de un sueño valseado
El día que llegamos, las calles más céntricas de Santiago de Chile estaban tomadas por la multitud. Justo en esos días llegó a la capital la Pequeña Gigante, un espectáculo de títeres de diez metros de alto que viene una vez al año y que se ha convertido en un fenómeno de masas. Muy emocionante, muy bonito, pero tanta gente me impidió disfrutar el momento en el que mis ojos se posaron sobre el Palacio de la Moneda. En realidad era difícil ver cualquier cosas entre la multitud. Nos las apañamos para ir por un lateral y ver la puerta por la que sacaron a Allende ya muerto, cubierto por su poncho.
Esa misma mañana, a mediodía, entramoa a comer algo en el Bar-Restaurant-Pub-Schopería-“Donde”-Zacarías (el nombre era así, los guiones se los he puesto yo) y allí me coloqué la primera medalla, la que me va a acompañar durante probablemente toda mi vida en Chile, y la cual los testigos del asunto van a contarle a todo el mundo por los siglos de los siglos: hacía un calor de muerte y pedí una cerveza sin alcohol. La cara del camarero fue inenarrable y mis acompañantes casi se mueren allí mismo. Nadie (repito, nadie) en Chile toma cerveza sin alcohol, no existe, y si existiera nadie (repito, nadie) la tomaría. Es más, consideran que es una estupidez, una excentricidad europea. Los chilenos son especialistas en reirse del prójimo (agarrar p´al hueveo) y os aseguro que la anécdota de la cerveza sin alcohol precederá mis pasos por esta tierra y mis nietos se lo contarán a sus nietos hasta el fin de los tiempos. Y hablando de bebidas, aquí nadie (repito, nadie) bebe agua. Si pides “agua” en los restaurantes te miran como si pidieras plutonio enriquecido, y si pides “agua mineral”, te traen una botella de agua mineral…con gas. Es desesperante, con cada comida beben refrescos o agua saborizada. Lo menos dañino que he podido encontrar (aparte del agua del grifo de mi casa, obviamente) han sido unos polvos parecidos al tang, con millones de variedades de sabores (pera o chirimoya los menos exóticos) , en dos versiones: con azúcar o sin azúcar. Y si pides un café, en muchos lugares lo que te dan es un vaso de agua caliente y el tarro de nescafé (¡!). El pan que comemos en España tampoco existe (snif!), y el que hay es bastante…digamos…diferente al nuestro. Os aseguro que Chile tiene muchas cosas buenas, pero el pan no es una de ellas. ¡Ah! Y en las farmacias, además de medicamentos, venden chucherías (chcolatinas, galletas, patatas fritas y esas cosas). Cosas veredes, Sancho!
En la foto, el volcán Osorno desde el autobús. Es el volcán cónico más perfecto del planeta.
Hola…Siento la tardanza en avisaros de que llegamos bien, la verdad es que esta semana apenas he tenido tiempo para nada, y de momento tengo complicado el tema “comunicaciones”. En el campo aún no tenemos internet y mi móvil, por razones desconocidas, no funciona en Chile.
Pero bueno, de momento lo importante es que llegamos, y llegamos bien.
¿Qué contaros desde este pequeño espacio (ciber de Castro) en el poquito tiempo del que dispongo? No sé, supongo que no tiene mucho sentido extenderme ahora mismo…desde que llegué he estado tomando notas en mi moleskine negra (gracias Sara) y en algún momento las ordenaré para subirlas , pero ahora no es el momento.
La vida en este lugar del mundo es más real que cualquier cosa a la que me haya enfrentado jamás, exceptuando quizás el momento en el que parí a mi hijo. Esta realidad huele, moja, duele, hace reír. Sólo llevo aquí cuatro días y ya he vivido más cosas y más intensamente que en los últimos cuatro años…
En la foto, el monte Aconcagua, cuando sobrevolábamos la cordillera, a punto de llegar.
Ah, y aunque tarde en actualizar, podéis escribirme. Me hará bien.
Besos para tod@s.
Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Posidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Posidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.
(Konstantínos Kaváfis)
Aquellos que me conocéis un poco, y especialmente los que me conocéis hace más de cinco años, sin duda sabréis de mis anhelos antárticos. De cómo un día abandoné la posibilidad de dedicarme a la Taxonomía Clásica en la facultad de Biología de León porque sentí de forma imperiosa, acuciante, la llamada del Sur.
Quería irme con los pingüinos…
Después, sorpresas te da la vida, el rumbo de mis pasos volvió a cambiar. Pero la vida es una amante caprichosa que da y quita cuando le da la gana…y hete aquí que dentro de cuatro días llegaré a mi nuevo hogar… Que está más o menos a una hora de distancia de una pingüinera.
Últimamente no pienso mucho en la casualidad y la causalidad, la suerte o lo que uno merece o no. Simplemente tengo que rendirme ante el hecho de que la vida me ha regalado la posibilidad de cumplir mis sueños. Quizá en otras formas, quizá no en el tiempo o espacio planeados hace años, pero mis sueños al fin y al cabo.
La pingüinera Puñihuil (otro nombrecito) está en la costa de Ancud, en el noroeste de la isla. Podéis ver su situación en el mapa del post anterior. En esta colonia conviven el pingüino de Magallanes (Spheniscus magellanicus) y el de Humboldt (S. humboldti).
O al menos, eso es lo que me dice siempre una persona que me quiere mucho, citando a Shakespeare.
Esta página se gestó en la imaginación de mi amiga del alma y pese a mis reticencias iniciales, ha salido adelante. Fue un hermoso regalo de cumpleaños por parte de ella y de su compañero. Que esto continúe depende de mí, y que sea una conversación y no un monólogo, de vosotr@s.
A modo de comienzo, os comparto una cita de Marcela Serrano, que saqué de El albergue de las mujeres tristes hace años, y que he atesorado pacientemente en en mi corazón a la espera de la llegada de estos días.
“Aquí en Chiloé, en su paz helada y su dura contienda con la tierra, se encuentra un trozo de Chile, casi ajeno a ese nombre y a lo que su bandera significa hoy, distante de ese pomposo despertar del subdesarrollo, esa prosperidad pagada de sí misma que a los isleños no los alcanza. Y si mi bandera ha de ser ésta, me siento más cercana a sus espacios de tierra sureña, pobre y desolada, que a aquellos del norte donde tantas veces la exclusión me barre la cara, recordándome mi espiritu un poco errático”.
A una semana de partir, comienza el Viaje.